domingo, 13 de octubre de 2013

TODOS LOS FRENTES ABIERTOS


Todo comenzó el martes.


Después de un bonito fin de semana y un lunes algo deslucido pero normal, llegué a mi casa. Tenía todas las ventanas abiertas y sin embargo, sólo había oscuridad.


Volví a sentir esa sensación de aire cargado, de paredes pesadas, de silencio expectante, por acumulativo y diferencial.
Con el paso de las horas todo iba siendo gris hasta que cerré mis ojos y ya no volví a ver.

El miércoles se dio cuenta, abrió sus fauces y me tragó.


Y ahí, inocente, uno siempre piensa que pasó. Que los días tienen estas cosas que se desviven por polvo. ¡Y se descuida…!


A medida que me masticaba, me iba escupiendo al jueves. Y cada vez más sentía ser parte de esa pelea de baba, que nadie te avisa que tienes, que nadie te indica cómo debes lucharla, y en la que nadie te ayuda ni te coloca un babero.


Una y otra vez fui lanzado con furia por la noche, pateado por el viernes que trataba de impedir que le suplique a mi razón colgada en la luna, que no me abandonara.
Faltaba aire, y para respirar, no me quedó más remedio que retorcerle el pescuezo, al mismísimo Sr. Silencio, que recientemente había sido condecorado.



¡Las guerras! Algún día terminaban, lo sabía. Pero ésta no. No terminaba.
Pensaba que solo necesitaba un segundo, solo uno para levantar la vista y con el último esfuerzo, aferrarme al horizonte.
¡Y lo tuve!



Sobre él me colgué, asomándome por sobre la medianera del sábado, que se hacia el distraído, para no enterarse, que mar… No había.
Pude cruzar. Hablé, hablé, y hablé, hasta que vencí agravios, desaires, agresiones, mezquindades, egoísmo, avaricia, y soberbia.



Flameaba ahora, dignamente y orgulloso, como blanca bandera izada en la punta  del domingo.


Me senté a observarme. Tenía una hoja en la mano y la leí con voz ajena. Era el anexo referido a la paz.
Que poco duro, por cierto. La paz da sueño y te duerme de a ratos y terminé arrojándola, como quien tira un papel en la vía pública, pero cuando toco el suelo… ¡Fue explosiva!



Sobresaltado me puse de pie, pero no vi sangre y volví a tranquilizarme.
Segundos después, mis piernas se separaron y caí empujado al mismo abismo, que mi destino, receloso había ocultado.



Fue una sucesión de heridas y vendas, de curaciones y operaciones.
Y son ellas ahora, parte del tiempo que voy cavando amputado.
Sólo con mis uñas. Hasta el final.



O hasta el lunes.



ChicoMalo
13-10-2013

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