martes, 17 de agosto de 2010

SETENTA Y DOS HORAS

Y sentados al borde de una nube no vimos la tormenta formarse imaginamos, que la luz simplemente huía y volvimos a ignorar. El impacto fue tremendo de las siete, se adueñó el destino. Separados, sin suelos con su mano coherente como extraños nos juntó. Olor a soledad vibraciones en la piel y una mirada intensa de reconocimiento por haber perdido todo menos la sorpresa. Setenta y dos horas después seguía lloviendo inundándonos de amor enloquecía el corazón de a dos tenía sabor, sabor… a reencuentro. ChicoMalo 17-08-2010

1 comentario:

Pan.. dijo...

Sencillamente hermosa, con sabor a Soledad acompañada...Felicidades!!